Y de pronto… ¡Un adolescente en casa!

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“Hola, estamos preocupados por nuestro hijo. ¡De pronto ha cambiado! No sabemos qué le pasa. De pequeño era uno chico muy cariñoso, y alegre. Teníamos mucha confianza y nos contaba todo. ¡Y ahora no! Sólo piensa en salir, pasa horas y horas en el baño, o encerrado en su habitación enganchado al ordenador o al teléfono. Por supuesto, hemos olvidado los besos y abrazos que nos daba cuando llegaba del colegio, y todo lo que decimos le molesta. Dicen que es la adolescencia, pero… ¿Esto va a ser siempre así? ¿Cuándo termina?”

Estos pensamientos suelen ser comunes cuando uno de los miembros de nuestra familia llega a la adolescencia, una etapa evolutiva de cambio, en la que uno de los fines principales es la adquisición (por parte de el/la adolescente) de una identidad propia e individual que le ayudará a llegar a la edad adulta.

Os presentamos tres situaciones o momentos ante las que como padres nos solemos encontrar con nuestros hijos adolescentes, y el porqué:

  • “Esos amigos que se ha echado…”

En ese camino hacia la identidad propia contrastan todo lo que venga desde fuera, lo rebaten. En su búsqueda, pasará a tener gran importancia (que hasta ahora había sido indiferente) la opinión de los amigos, de su grupo de iguales, su imagen fuera de casa. Es el momento de hacerse un hueco en la sociedad, en su ambiente, sentirse parte de un grupo.

  • “Basta que diga algo para que haga lo contrario”

A veces, tenemos la sensación de que “basta con que yo opine algo para que haga lo contrario”. En parte, es una estrategia que les permite diferenciarse: “si hago lo que dicen mis padres no es una decisión mía”, y aunque lo que opinemos como progenitores sea lo más coherente del mundo, incluso para nuestros hijos, a veces llevan la contraria en esa necesidad de exclusividad e independencia. Con el tiempo aprendemos que “pensar igual que otros” no es lo mismo que “hacer lo que otros me dicen”.

  • Todo el día por ahí… ¿¿¿Qué hará cuando no lo veo???

La adolescencia es también un período que nos asusta. Nuestros “pequeños” salen al mundo exterior, donde tendrán que encontrarse y enfrentarse a muchos riesgos. Queremos que aprendan a vivir y a cuidarse por sí solos, pero es normal que nos asalten pensamientos sobre todas las amenazas fuera del hogar, sobre si sabrán manejarse, si podrán detectar qué es lo bueno y qué no lo es… Tenemos que recordar que nosotros, ya adultos, hemos aprendido y nos han enseñado a defendernos, a detectar situaciones que puedan ser perjudiciales para nosotros. Y nuestros hijos están en ese proceso. Confiamos en ellos, pero nos queda la duda de cómo lo estarán haciendo. Es el momento de que pongan en marcha lo que han aprendido hasta ese momento, los valores que les hemos transmitido desde la infancia en la familia y a través de la educación.

Éstos y otros muchos cambios –tanto físicos como psíquicos– en el/la adolescente requieren también una adaptación familiar para que el crecimiento y la evolución como grupo sea conjunto. Ya no es un niño, y todavía no es adulto… Pero está en ello.

Claro está que no hay una receta única y mágica para saber cómo debe crecer y evolucionar nuestra familia en sus diferentes etapas. Esto no significa que no haya nada que hacer. Todo lo contrario. Como familia tenemos un papel fundamental en la evolución de todos y cada uno de sus componentes.

María Bejarano López

Psicóloga y orientadora familiar Servicio PAD

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