Los riesgos de la sobreprotección

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“Un hombre encontró el capullo de una mariposa tirado en el camino. Pensó que allí corría peligro y entonces lo llevó hasta su casa para protegerlo. Al día siguiente se dio cuenta de que el capullo tenía un orificio diminuto. Entonces se sentó a contemplarlo y pudo ver cómo había una pequeña mariposa luchando para salir de allí. El esfuerzo del pequeño animal era titánico. Por más que lo intentaba, una y otra vez, no lograba salir del capullo. Llegó un momento en que la mariposa pareció haber desistido. Se quedó quieta. Era como si se hubiera rendido. Entonces el hombre, preocupado por la suerte de la mariposa, tomó unas tijeras y rompió suavemente el capullo, de lado y lado. Quería facilitarle al animalito la salida. Y lo logró. La mariposa salió por fin. Sin embargo, al hacerlo, tenía el cuerpo bastante inflamado y las alas eran demasiado pequeñas, parecía como si estuvieran dobladas. El hombre esperó un buen rato, suponiendo que se trataba de un estado temporal. Imaginó que pronto, la mariposa extendería sus alas y saldría volando. Pero eso no ocurrió. El animal permanecía arrastrándose en círculos y así murió”.

El hombre ignoraba que la lucha de la mariposa para salir de su capullo era un paso indispensable para fortalecer sus alas. Y seguro que muchos progenitores se ven reflejados en esta historia cuando intentan librar a sus hijos e hijas de adversidades que, sin embargo, les harían más fuertes.

“No quiero que mi hijo/a fracase, sufra”; “me da miedo que incurra en conductas de riesgo sino le doy todo lo que pide”; “me da pena que no aproveche las situaciones que se le presentan en la vida”; “aunque no cumpla sus obligaciones, creo que necesita dinero para sus cosas y que si no se lo doy lo conseguirá de otra manera”; “me da miedo la reacción que pueda tener ante un límite o consecuencia, y por no generar un conflicto se lo permito”; “le digo lo que tiene que hacer en diferentes situaciones para que no se equivoque y/o evitar que tenga algún problema con sus amistades o en el entorno”, “me preocupa que salga de casa sin desayunar o sin sus libros y no rinda en clase”; “dejo de hacer mis cosas y mis hobbies porque dedico mucho tiempo a encargarme de sus cosas”…

¿Les suena alguna de estas afirmaciones?

La clave

Bien, pues esta actitud que creemos protectora, lejos de ayudarles, les hace un flaco favor. Les restamos la posibilidad de que puedan asumir ellos/as sus responsabilidades, les convertimos en inútiles, pasivos/as, egoístas y, en algunos casos, incluso en tiranos/as. Cierto que es difícil abstraernos de esa función de solvencia y de soportar la soledad cuando no estamos a su disposición o no nos responsabilizamos de sus cosas. Nos sobran preocupaciones y nos sobran expectativas, y tendremos que afrontar la posible sensación de inutilidad, e incluso la presión social de ser “buena madre” o “buen padre”.

La clave para manejarnos en estas situaciones y no sucumbir a las presiones sociales y emocionales es que lo que puedan hacer por sí mismos/as que no lo haga la familia. Si somos capaces de mantenernos firmes, sin que ello signifique que no les prestemos apoyo, acompañamiento y ayuda, les estaremos dotando de las herramientas básicas para desenvolverse en la vida de una manera eficaz, resolutiva y con capacidad para tomar las decisiones más adecuadas valorando las consecuencias. Estas habilidades las aprenden afrontando las distintas situaciones que la vida les plantea.

Como la mariposa que quería salir de su capullo, no les quitemos la posibilidad de emprender su vuelo.

Laura González

Psicóloga y Orientadora familiar Servicio PAD

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