El afecto como antídoto ante conductas adictivas

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Son muchos los progenitores que durante las vacaciones escolares acuden al servicio de Orientación Familiar en Prevención de Adicciones. La mayoría lo hace por estar sometida a situaciones estresantes, provocadas en ocasiones por conductas adictivas de hijos y/o hijas, que generan un ambiente tenso, desencuentros y distanciamiento en las relaciones.

Como especialistas, sabemos que las conductas adictivas contaminan las relaciones familiares y los vínculos se deterioran, como también tenemos claro que, para restablecer la normalidad, es fundamental no perder el afecto.  Que padres y madres quieren a su prole está fuera de duda, pero ¿somos capaces de hacérselo llegar? ¿Les ofrecemos afecto de la forma en la que lo necesitan? ¿Sabemos transmitirles nuestro apoyo incondicional aunque no nos guste lo que hacen?

Sentir emociones agradables y desagradables es inevitable. Son inherentes a la vida, pero las personas tenemos la oportunidad de decidir qué hacer con ellas. Si dejamos que una conducta problemática se interponga entre las personas que más amamos y a las que además debemos educar, ¿cómo van a sentirse queridos/as y aceptados/as? Este aspecto influye en nuestra postura ante los demás y ante la vida, en cómo nos sentimos, en cómo pensamos y también en cómo actuamos.

Si observas en tu hijo/a conductas adictivas merece la pena que:

– No confundas tristeza, frustración o sentirte defraudado/a con el odio. Son sentimientos que impulsan a tirar la toalla. Si pasa, recuerda la necesidad de no perder el vínculo afectivo: es clave para que encuentre el camino de vuelta.

– Tu hijo/a se encuentra desorientado/a, ha perdido la brújula que le guía, y aunque nos dañen sus acciones, no te lo tomes como algo personal. No lo hace a propósito ni para hacernos daño. Admitir un problema, asumirlo y trabajar por el cambio es un proceso complejo que no se hace de un día para otro, y menos en adolescentes y jóvenes, que, por su edad, son impulsivos, poco reflexivos, se mueven por apetencias y con poco esfuerzo.

– Ante este tipo de situaciones, no hay culpables. Como padres y madres lo habéis hecho lo mejor que habéis podido y en función de las circunstancias. No permitas que tus sentimientos os hieran más de lo que ya estáis sufriendo.

Quien más, quien menos, guarda algún recuerdo de sus veranos de infancia y juventud. Y esos recuerdos, nos nutren cuando somos adultos/as, nos acompañan y nos enriquecen. ¿Por qué no ofrecer esa oportunidad a hijos e hijas?  Quizá nos invada el enfado o la frustración, pero… ¿acaso no merecéis todos un descanso? Las vacaciones son un buen comienzo para reparar una relación que se ha deteriorado. Es un entorno diferente, un momento para poder vivir cosas nuevas, para compartir nuevos espacios familiares lejos de la rutina diaria. Puede ser una oportunidad para retomar un camino que se había perdido.

¿Qué os parece a vosotros? ¿Pensáis que este tiempo de descanso puede ayudar a reconstruir vínculos? ¿Conviene dar el primer paso en cuestiones de afecto con los hijos? Os invitamos a reflexionar.

Carolina del Pozo

Psicóloga y Orientadora familiar del Servicio PAD

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